Lunes de mañana. Seguro de sí mismo, Bob planeaba la semana, con la exitación del anuncio del viernes pasado latente en su cabeza. “¡Felicitaciones Bob!” su jefe le había dicho. “¡Ha reducido el tiempo de respuesta del portal a menos de un segundo! ¡A ver, un aplauso para vuestro nuevo supervisor!” Bob estaba tan orgulloso que no podía pensar en otra cosa.

Sin embargo, no pudo liberar sus emociones sobre el océano de escritorios. No habián montañas, campos de cebada infinitos, ni mares azul profundo uniéndose inocentemente con un alto cielo para que él pudiera maravillarse. Simplemente miraba las puertas de vidrio opacas y aburridas de un salón de reuniones.

Bob notó la planta nueva en un rincón del pasillo. Tenía al menos dos metros de altura y unas hojas largas y vivarachas. Verde brillante, las cosas más verdes que había visto. No sabía gran cosa sobre plantas, pero se veía feliz–igual que él.

Nancy, una mujer bajita y diligente que llevaba una regadera de metal y una bolsa con dibujos de flores, se puso a fertilizar y a regar la planta nueva.

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El martes, Bob oyó una discusión proveniente del salón de reuniones.

“¡Le previne que esto pasaría! No me escuchó entonces y ahora me echa la culpa por el desastre? ¿Porque su jefe está aquí presente?” gritó Brian, un analista de base de datos. Salió del cuarto furioso. Se detuvo abruptamente, miró a Bob por un instante. Bob vió como la rabia en los ojos de Brian se dilujo, convirtiéndose en tristeza. Entonces Brian retomó su marcha brusca y dedicida a su escritorio, a buscar sus cosas.

“¡Puede meterse este trabajo donde no le da el sol, adulador miserable!” Brian le dijo, mientras se retiraba, a su ex-jefe.

A Bob le dió pena que su colega no le hubiera dicho adiós. Razonó que, en el calor del momento, Brian quería marcharse lo antes posible.

La planta no se veía tan verde como el día anterior. Tal vez el tubo fluorescente que parpadeaba sobre ella era la razón, pensó Bob.

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El miércoles, Melanie, una linda morena, pasó apurada por el escritorio de Bob. Llevaba una taza de café y una bolsa de galletitas. Cuando llegó a la oficina del vice presidente de tecnología, entró sin golpear. Se quedó allí un rato, y Bob escuchó conversación y risas. Seguramente su reciente promoción a gerente tenía algo que ver con eso, concluyó.

Nancy estaba de vuelta. Examinó la planta con preocupación; las hojas estaban amarillentas y débiles. Se encojió de hombros, arrancó las hojas muertas y regó la planta.

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El jueves, Ernie se desmayó al lado del escritorio de Bob. Bob quedó tan estupefacto que no se pudo mover.

“¿Qué edad tiene?” el joven paramédico preguntó a la recepcionista que había llamado a emergencia.

“Sesenta y cuatro. Tan sólo un mes para jubilarse,” dijo ella. “Dios mío… Hemos tenido nuestra cuota de tragedias este mes. El viernes pasado, por ejemplo-”

“¡Hagan sitio!” avisó el otro paramédico antes de aplicar el defibrilador. La gente ya se había amontonado alrededor para cuando lograron estabilizarlo a Ernie. Los paramédicos se lo llevaron en camilla.

¡Qué verguenza! Bob pensó, enojado con sí mismo. ¿Por qué no lo ayudé?

Miró a la planta. Definitivamente había visto mejores épocas. Todas las hojas que le quedaban se habían vuelto marrón.

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El viernes, Bob se sintió muy fatigado. Su abundande energía del comienzo de la semana lo había abandonado. También estaba triste porque la planta se había secado. En cierta forma, era un espejo que reflejaba sus pensamientos y emociones. La extrañaría.

Cuando sonó la alarma, le llevó unos instantes darse cuenta lo que sucedía. La gente pasó corriendo cerca de su escritorio, por el pasillo, alrededor del salón de reuniones. Y la planta seca.

“Esto no es un ensayo. Repito, esto no es un ensayo,” anunciaron por los parlantes. “Por favor abandone el edificio por las escaleras. No use los ascensores.”

Mejor que vaya saliendo, pensó Bob. Pero cuando trató de levantarse, su cuerpo no le respondió. Sus piernas no aceptaban comandos de su cerebro; se sintió como si hubiera estado sentado allí la semana entera. Cuando miró hacia abajo, comprobó que no tenía piernas. Trató de usar sus brazos, pero no tenía. Envuelto en pánico, trató de gritar; pero no pudo oír sus propios gritos.

“¡Falsa alarma! Qué ganas de molestar,” Nancy dijo agitada y casi sin aliento, al hombre de mantenimiento.  Podríamos haber tirado la planta a esta altura.”

“Sip…” dijo el hombre tranquilo. “¡Ya sé! Vamos a ponerla en el escritorio de Bob por ahora. Está muy cerca. ¡Dale! Dame una mano.”

La maceta era pesada, pero se arreglaron. Empujaron algunas cajas de cartón para hacer lugar y pusieron la planta seca al lado de la vieja.

“Bueno,” Nancy dijo, “Supongo que podemos poner esta de vuelta en su viejo lugar. Al menos hasta que nos manden una nueva. La voy a regar… Me olvidé por completo desde que la dejamos allí el viernes pasado.”

“Sip, me parece bien,” dijo el hombre. “Además, el escritorio del pobre Bob será vaciado antes del lunes. Un programador nuevo empieza a trabajar entonces. Muy triste… Lo tengo fresco en la mente, ¿sabés? Lo ví todo; cuando el ómnibus lo pasó por arriba, quiero decir. Se cruzaba al bar a festejar su promoción… El funeral es el domingo.”

El hombre tranquilo se alegró repentinamente. “Eh, ¿querés que vayamos juntos?”

Fin.

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