Había una vez un náufrago en una isla desierta. Lo acompañaban un perro y una oveja. Al principio todo era bueno y divertido, el tipo se la pasaba jugando con el perro, tirándole ramas al mar para que su mejor amigo se las trajera.

Hasta que a los pocos meses, el hombre ya no se aguantaba más y la oveja empezaba a verse cada vez más y más hermosa.

Un día de alta calentura, no podiendo ya suprimir sus bajos instintos, el tipo fue a buscar la oveja. Ella lo esperaba en la playa con cara de mimosa y le guiñaba un ojo. Enardecido, el tipo fue corriendo hacia la parte trasera de la guapa, dejando un reguero de baba tras de sí.

Pero hete aquí que el perro no lo iba a permitir. ¿Dejar que su mejor amigo lo ignorara por la oveja esa? De ninguna manera. Le mordió el traste. El tipo, enojado, le tiró una patada karateka que el perro eludió sin inconvenientes, moviendo la cola, seguro de que su mejor amigo volvería a jugar con el.
Otra vez el calentón intentó acercarse a la parte trasera de la oveja. Otra vez el perro le mordió el traste.
Y así fue todo el día y toda la noche. El perro no dormía.

Un buen día, una balsa que estaba en las últimas encalló en la playa. Sobre ella la rubia más hermosa que el hombre había visto en su vida. Estaba vestida (por así decirlo) con un bikini que continuamente se le caía, dejando ver sus exuberantes dotes naturales.

El hombre le dió de comer y la hermosa mujer, ya recuperada, le dijo sonriendo:
“Me ha salvado la vida y no sé cómo le puedo agradecer. Pídame lo que quiera. ¿Me entiende?”–guiñada picarezca–“Estoy dispuesta a todo. ¡A todo!”

El tipo no podía creer su suerte. Le dijo: “¿Puede sacar a pasear al perro por un rato?”

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