Verano. Un ladrón de grandes bolas se escapa de la policía. Se mete en una tienda de artículos chinos y le ruega a la dueña que lo esconda. La china se enamora al instante, sobre todo al notar los grandes testículos del tipo, los cuales se asoman por la pierna de los shorts.

¡Súbase a las vigas del techo y quédese agazapado allí! La china le urge.

El tipo se percha sobre una viga cual paloma en una cornisa. Pero las bolas quedan colgando.

Los policías irrumpen en la tienda. ¿Dónde está el tipo que perseguíamos? Le preguntan a la china.

Aquí no habel entlado nadie, contesta la china.

Uno de los policías recorre la tienda con la mirada. Ve un par de bolas colgando de una viga del techo. ¿Qué son esas bolas? Pregunta.

Oh, esas bolas son las ting-a-ling, contesta la china.

¿Ting-a-ling? ¿Qué diablos es ting-a-ling?

Oh, son unas bolas sonolas que cuando uno las golpea hacen: ¡ting-a-ling, ting-a-ling!

¿Ah sí? dice el policía. A mí me gustan las bolas sonoras.  Se saca el palo de la cintura y ¡paf! Le da un golpazo a las bolas que cuelgan del techo.

El dueño de las bolas se tapa la boca para no gritar, pero no puede evitar las lágrimas que empiezan a brotar de sus ojos.

¿Qué pasa que no hacen ting-a-ling? Dice el policía. ¡Paf! Prueba otra vez. ¡Paf, paf, paf! ¡No oigo nada! ¡Paf, paf, paf!

El tipo de arriba le grita: ¡Ting-a-ling, hijo de puta, ting-a-ling!

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