Toronto, 1991. A poco de venir a dar a Canadá, mi viejo y yo fuimos a pedir laburo al diario “El Popular” de Toronto (diario hispano).

No es que íbamos con muchas pretensiones; tanto daba trabajar de limpiadores en las oficinas. Probaríamos algo que tuviera que ver con inglés y español, pero estábamos dispuestos a hacer cualquier otro laburito.

Nos atiende el gerente, un colombiano joven (tal vez cinco años mayor que yo, que tenía en ese entonces 18).

“¿Así que ustedes son de Uruguay?” nos dice.

“Aquí hace poco vino de visita el presidente de Uruguay, el señor Lacalle, un gran hombre, pero un montón de rompepelotas del Frente Amplio aquí en Toronto fueron a abuchearlo, no lo dejaron dirigirse al resto de sus compatriotas, por algo que el señor Lacalle dijo y no les cayó bien.”

Mi padre y yo nos miramos uno al otro. Nuestra misión era conseguir un laburo, no pegarle un boleo al colombiano facho aquel. Mi padre dijo: “Mire, yo no sé lo que pueda haber dicho Lacalle acá, ni me interesa. Solamente venimos a consultarle si hay posibilidad de conseguir trabajo en su diario.”

El tipo nos examina de arriba a abajo como si fuéramos cucarachas y prosigue: “Aquí se usan mucho las etiquetas. Por ejemplo, a nosotros los colombianos nos dicen: ah, tú eres de Colombia, por lo tanto debes estar en el tráfico de drogas. A ustedes por ejemplo, yo les diría: ah, ustedes son de Uruguay, por lo tanto deben estar en la mafia de las estafas.”

Otra vez nos miramos mi padre y yo. Como pensando: “¿Le pegás vos o le pego yo?”

Al final nos salió con que no había nada por el momento, pero que le dejáramos el teléfono que nos iba a llamar cuando algo surgiera.

Bueno, estamos en 2018 y parece que todavía no ha surgido nada…

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