A las 10 me levantaba
o la abuela me rajaba
de la cama, calentito
con el pito bien durito.

Tras comer un buen almuerzo
me hacía un refuerzo
para llevar a la escuela
la merienda, de la abuela.

¡Miren que yo la jodía!
Pobre abuela, cada día.
Luego ella me llevaba
a la escuela, como si nada.

Esa escuela 85
de la India al paisito
que marcó mis años mozos
con trompadas y con gozos.

Como aquella piña brava
que me dió Omar, en la cara
porque yo mal lo putié
y no debí, y me la ligué.

Como en aquella clase
donde dos compañeritas
me dijeron, con hombría
que por mí ellas morían.

Oh, si yo volver pudiera
a ese tiempo, a esa era
cambiaría muchas cosas
la inocencia no es rosa.

Pero el tiempo ya pasó
y la carrera me ganó
y la vida continuó
y aquel niño se murió.

Pero bueno, no es cierto
aquel niño no está muerto
solamente que la gente
ya no es del siglo veinte.

Pero siempre quedarán
en memoria, nada más
los recuerdos de la abuela
llevándome a la escuela.

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