Canadá es un país que se precia de su cultura corporativa. No hay empresa de más de 20 empleados donde la cultura corporativa no tome vida por sí misma. La cultura corporativa es como una lombriz: si se corta en dos, terminamos con dos lombrices.

Una empresa pequeña no tiene tiempo/recursos de enfocarse en la cultura corporativa; debe de hacer su trabajo, proveer un producto a sus clientes. Todos sus empleados están ocupados en crear dicho producto y no tienen tiempo para dedicarse a la cultura corporativa.

Una empresa grande, digamos de más de 50 empleados por ejemplo, tiene ya un dedicado departamento de recursos humanos, otro de governación, otro de metodología ágil de desarrollo y, con suerte, uno donde los empleados crean productos para mantener vivos a los tres primeros departamentos.

El problema surge cuando los primeros tres departamentos, para justificar su existencia, comienzan a obstaculizar a los pocos empleados que producen algo. En ese momento dichos empleados se frustran y pierden toda la energía que tenían. El amor por su trabajo se convierte en odio, como una mujer enamorada de su marido al descubrir que su media naranja la ha estado engañando con su hermana los últimos tres años, la primera vez cuando ella daba a luz al primogénito.

Mi compañía por ejemplo, donde no sé cuánto más estaré, ya que no soy sumamente popular con los jefes: aquí se valora la alcahuetería. No importa que no hagas tu trabajo. Lo importante es que aparentes estar interesado en cuanta pelotudez anuncien sobre cómo crear una cultura corporativa líder en la industria. Ir a reuniones de cuatro horas y aplaudir como una foca a cuanto disparate diga el organizador.

¿Pero y el trabajo? Alguien preguntará. No es importante, algún amargado lo hará. Aquí no estamos para trabajar, nuestra meta es la cultura corporativa y quedar bien con los jefes.

Me dicen Ché Guevara en el laburo, tal vez porque no voy a la mayoría de las reuniones y cuando mi jefe me pregunta por qué no voy, le contesto con lujo de detalles. Soy uno de los pocos que crea un producto que pueden vender, y a la misma vez, uno de los pocos que ha mandado a cagar a más de un jefe, aclarando que me importa tres carajos si me echan.

Soy un opositor de la cultura corporativa.

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