Cuando yo era chico (en los 80), mi red social consistía en gurises de mi edad que vivían en el mismo edificio, más los compañeros de la escuela 85 República de la India, más un amigo que vivía cerca.

Mi “facebook” era alguna foto que alguien sacaba en alguna reunión o evento.

La mayor parte de cada día, tras cumplir con el horario escolar, era bajar a la calle a jugar al fútbol con los previamente mencionados querubines del complejo habitacional. Y afuera nos quedábamos, metiendo goles con la mano, discutiendo si la patada en la boca había sido fau o accidental, si la hermana del más grande se podía mencionar o no, etc. Hasta que nuestros padres/madres/abuelos nos vinieran a buscar para bañarnos y comer e ir a la cama poco más que con la Guardia Republicana (que no existía en aquella época, así que por eso, tal vez, no nos podían hacer volver a casa fácilmente).

Ni les digo durante las vacaciones. Desayuno, fútbol en la calle. A duras penas nos lograban hacer volver para el almuerzo, fútbol en la calle. Nos tenían que arrastrar de nuevo por la noche, bajo pena de tortura de telenovela (hacernos mirar telenovelas el fin de semana) para que volviéramos con el mismo interés de un gato que lo quieren bañar.

“¡Auto!” gritaba alguno cuando notaba un vehículo a punto de invadir nuestra “cancha”, que era aquella calle Guadalupe, a pocos metros de San Martín, en bajada, o sea que tras cada partido (cuando alguien llegaba a 10 goles) cambiábamos de arco, para hacerlo más parejo.

Era toda una ciencia, al reanudar el encuentro, ubicar la pelota en el lugar exacto, y los jugadores en sus lugares exactos, donde estaban antes que el vehículo intruso interrumpiera el cotejo.
Nadie nos filmaba, nadie nos ponía en Internet. Y eso que Internet ya existía, eh. Internet fue creada en los años 60. Lo que no existió, hasta 1995, fue el World Wide Web. Pero eso es otra historia.

En fin.

Cómo me duele hoy ver a los péndex pegados a sus celulares, chateando con sus “amigos” en las redes “sociales”. Pobrecitos.

La verdad, no saben lo que se pierden.

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