El joven doctor se gradúa. El padre, quien le ha bancado toda la carrera, le aconseja: “Tenés que irte a laburar al interior. En Montevideo hay muchos doctores. En el interior vas a ser Gardel.”

El padre (que tiene morlacos) le instala el consultorio en un pueblito del interior. El único consultorio del pueblito. Pero antes de la inauguración, le da unos consejos al nene: “Mirá… En estos pueblitos la gente exagera todo, cualquier historia te la multiplican por diez. Así que vos deciles que te graduaste en Alemania, que trabajaste con la última tecnología, que salvastes vidas, qué se yo… Y vas a ser Gardel.”

El graduado decide hacerle caso a su padre. El día de la inauguración, va y se sienta tras el mostrador en la sala de espera. El sólo, todavía no tiene recepcionista.

En una entra un tipo. El joven doctor, recordando los consejos del padre, levanta el tubo del teléfono y, con un gesto, le indica a su primer paciente que se siente, que solamente será un minuto.

Se pone a hablar: “Pero no señora, yo soy solamente un médico. Que le haya salvado la vida a su hija no quiere decir que sea un dios. Simplemente tuve la fortuna de graduarme en Alemania, empapándome en los últimos adelantos de la tecnología. Pero no señora, no quiero que me haga una estatua en la capital, faltaba más. Simplemente apliqué mis conocimientos de última generación para curar a su querida hija. Como mucho le acepto una invitación a cenar. Y mándele saludos a su hija.”

El joven doctor cuelga el teléfono y se dirije a su primer paciente: “Bueno, disculpe la demora. ¿En qué lo puedo ayudar? ¿Qué le duele?”

El tipo le contesta: “Soy el técnico de ANTEL y vine a conectarle el teléfono.”

 

Dedicado al gran, pero gran, gran, gran, gran, Luis Landricina (obviamente este cuento es de él)

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