Como siempre, mi viaje al Instituto Canadiense de Teletransporte fue a las apuradas. Burocracia uruguaya: falta de planeamiento, visión e infraestructura adecuada en el viejo Aeropuerto Internacional Carrasco para soportar la conversión. Los burócratas de la intendencia pensaron que tras mi curso de dos días, las operaciones de teletransporte comenzarían como por arte de magia.

Mi problema: yo era el Jefe de Ingeniería del aeropuerto-perdón, telepuerto. Y aunque le informé a la Intendencia de Montevideo que no disponíamos del equipamiento necesario para la transición, hicieron oídos sordos. Año electoral, contestaron. Había que aparentar que pujábamos para elevar al país a los estándares del siglo XXII.

Yo sólo quería mantener mi trabajo.

Así que tuve que aprender que la teletransportación consistía en dos elementos: transmisor y receptor. El transmisor dividía los átomos del cuerpo del viajero en quarks y los aceleraba a través de las dimensiones, en forma de esfera—hasta que el receptor los reinstanciaba en materia común y corriente. Sonaba más fácil de lo que realmente era.

Fíjese, si hicieran el escaneo línea por línea—o sea, comenzando por la cabeza y descendiendo un nanometro a la vez hasta llegar a los talones—no podrían reinstanciar a la persona sin algún tipo de chequeo de seguridad. ¿Qué pasaría si hubiera interferencia durante la transmisión? ¿Qué pasaría si hubiera un apagón?

Esa fue la razón por la cual los “genios” de la Universidad de Guelph de Canadá inventaron el concepto de “buffer”: los átomos de un viajero no deberían, bajo ninguna circunstancia, rematerializarse al ser recibidos; preferentemente, el padrón entero de la persona sería almacenado en memoria temporal, con el propósito de reinstanciarlo en forma atómica (sin ánimo de bromear).

Y con el valor agregado de eliminar cualquier microbio que pudiera haber levantado desde su última teleportación.

La verdad es que disfruté mucho esas materias. Habían creado una tecnología sorprendente allá en Canadá. El almacenamiento del padrón de una persona—tras haber sido desintegrada en bytes de computadora—, el escaneo de cada uno de sus trillones de trillones de trillones de bits de información para filtrar cualquier molécula extránea, fue algo que recordaría para siempre.

Mala suerte que la infraestructura del Aeropuerto Internacional de Carrasco-perdón, “Telepuerto” no soportaba nada de esas cosas. Simplemente íbamos a reinstanciar a los viajeros a medida que llegara su información: sin almacenamiento, sin escaneo, sin filtrado; primer byte recibido, primer byte atendido. Lo cual era número uno en la lista de cosas prohibidas del instructor. En fin, esto era Uruguay.

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Tras una serie de reuniones con los altos mandos capitalinos, la responsabilidad de coordinar el ensamblado de los equipos de teletransportación me la asignaron a mí. Embalados en cajas de plástico polimérico, las partes frágiles y complicadas llegaron al Aeropuerto de Montevideo-perdón, telepuerto, en lo que debería haber sido uno de los últimos vuelos en aterrizar aquí. En breve, asumiendo que mi equipo hiciera las cosas bien, deberíamos estar en modo completo de teletransporte.

“¡Las instrucciones vienen en inglés!” mi Jefe de Mecánica se quejó no bien su gente abrió el primer contenedor, el cual contenía piezas para el panel de control principal.

“No te preocupes Pepe,” le dije. “No hay necesidad de instrucciones. Aprendí las cosas más importantes durante el curso. De todas formas, no tenemos el soporte adecuado para los capacitores de almacenamiento cuántico. Nos arreglaremos sin ellos.”

Pepe me miró con cara de conejo encandilado por las luces de la camioneta levitante de un cazador.

“Pepe, tranquilo: yo te voy a decir qué ensamblar y qué dejar de lado.”

Quedó como si le hubiera dado el resto del día libre, y trotó contento a la sala de ingeniería—la cual servía además de hangar, comedor de mecánicos y oficina de equipajes extraviados.

Mientras yo tenía que atender otra reunión, con el gerente general del telepuerto.

“A ver, señor Jefe de Ingeniería Lozano,” el joven, alto, impecablemente vestido y peinado ejecutivo se dirigió a mí con el tono de un terrateniente dando instrucciones a su capataz: “Entiendo que el ensamblaje del equipamiento de teletransporte marcha en hora. ¿Puedo aguardar con confianza que las operaciones comiencen el lunes?”

La docena de alcahuetes atornillados a sus asientos entre él y yo giraron las cabezas hacia mi punta de la larga mesa, como espectadores en un partido de tennis. Y en ese partido, me sentí que iba de punto.

“Sí señor, haremos pruebas durante el fin de semana, y si todo marcha bien”—por unos segundos preciosos saboreé la súbita descoloración de la cara del tipo—“el lunes nuestro telepuerto abrirá al público.”

Fue el fin de semana más largo de mi vida. Yo hablaba por netcomm con el instituto canadiense de teleportación, mientras Pepe reconfiguraba los parámetros en el panel de control por la millonésima vez.

“¡Debe ser por los capacitores cuánticos que no instalamos!” Dijo Pepe mientras se secaba el sudor de su frente con la manga de su overall.

“Tonterías, esos sirven solamente para los módulos de memoria opcionales. Ya te dije, escuché de alguien en el curso que no son la gran cosa.”

Dubitativo, Pepe se metió otra vez bajo el panel principal y jugueteó otro millón de veces con los botones y rueditas. De repente el primer teletransportador en la fila de veinte se encendió, y su cabina de vidrio se llenó con el mismo gas lechoso que había visto en la demonstración en el instituto.

Ya estábamos prontos para festejar, pero cuando el gas comenzó a disiparse, unos gritos sobrenaturales provenientes de la cabina nos congelaron las almas. Y los golpes contra el vidrio nos llenaron de terror a todos en el hangar.

Luego la cabina se abrió y la niebla salió. Y a través del tenue gas que se desvanecía, vimos un cerdo enorme y muy agitado. Aparentemente la cabeza del monstruo había cambiado lugar con su trasero, aunque todavía era capaz de emitir los alaridos más espeluznantes que he tenido que soportar.

Pegaba unos saltos salvajes, sus patas “delanteras” trataban de impulsar su cuerpo en la dirección opuesta que sus patas “traseras” deseaban.

Un determinado joven del equipo de Pepe manoteó un martillo y dejó la cabeza de nuestro primer pasajero internacional hecha una gelatina. Luego el mismo muchacho tomó un cuchillo serrado y arrastró afuera a la bestia, que todavía temblaba espasmódicamente. Por lo menos el primer pasajero internacional terminó ofreciéndos un flor de asado apenas afuera del hangar, donde manteníamos nuestro viejo y arruinado parrillero. Técnicamente dentro del hangar; la lluvia hubiera apagado el fueguito, así que permití que movieran el mediotanque un metro bajo el techo. Me sentí culpable porque les había prometido una parrilla nueva con techo el año pasado, pero por alguna razón nunca llené el formulario para autorizar la compra.

Tras muchos insultos entre nosotros y por el netcomm con el Instituto de Teletransportación, combinado con un par de millones de toqueteos extras, recibimos un pato saludable y quejoso, con su cabeza en el lugar correcto y alas revoloteantes que lo hacían parecer a una abeja gigante. El irritado arribo plumífero nos elevó el espíritu. Dí instrucciones a Pepe que tomara fotos de los botones abajo de la consola, y de respaldar los parámetros del software en diez computadoras diferentes. Se rió de mi, pero lo hizo de todas formas.

Sus muchachos atraparon el pato saludable mientras tanto, el cual terminó haciendo compañía a su colega viajero sobre la parrilla.

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La junta directiva me presentó una placa que decía: “En reconocimiento por coordinar las operaciones iniciales del primer telepuerto del Uruguay”. Les agradecí y solicité que incluyeran los nombres de Pepe y su grupo. Me dijeron que eso requería el visto bueno de un comité, y que dicho comité debería ser designado antes.

En lo que se refiere a las operaciones diarias, era exactamente igual que antes: chequeos de seguridad y declaraciones de aduana. No temíamos que alguien fuera a contrabandear un arma a bordo—no había aeronave. La cabina de teletransportación, la cual se asemejaba a los escáners corporales de principios del siglo 21, procesaban solamente un pasajero a la vez.

Era por la seguridad de ese pasajero que el chequeo de seguridad se llevaba a cabo. Tan solo una partícula foránea lo podría enviar a una especie de ping pong interdimensional. Tuvimos que rechazar a tantos pasajeros salientes quienes decidieron teletransportarse con todo tipo de “juguetes”—a falta de mejor palabra—dentro de sus… …cuerpos, que empecé a tomar en serio al señor Martínez.

El señor Martínez, viejo carcamán, se rehusaba a teletransportarse, insistiendo en su lugar, en volar. Para él, teletransportarse significaba una violación de su esencia misma, el abuso de cada electrón en su cuerpo por algún “nerd virgen de computadora hijo de su mamita” (sus palabras), seguido por regeneración, o degeneración como me lo explicó.

Por esa razón, y porque el señor Martínez no era el único viajero asiduo con opiniones similares, recomendé a la junta que mantuviéramos operaciones de vuelo reducidas, al menos a corto plazo.

El primer mes la cosa anduvo sorprendentemente tranquila. Exceptuando algunos viajeros norteamericanos que se quejaban de la limpieza (o la falta de limpieza) de las cabinas de teletransportación (la gente vomitaba y/o sacudía el vientre al reinstanciarse, a menudo los primerizos) todo funcionó como era de esperarse.

Le expliqué a la junta que no tenía suficiente personal para esterilizar cada cabina. No podía encargar a un limpiador a que lo hiciera; no habían sido entrenados en contenimiento de antimateria, y yo no iba a arriesgar la seguridad del telepuerto recién estrenado—y de la ciudad de Montevideo—porque un limpiador introdujo una molécula inorgánica entre teletransportaciones. ¿Mencioné que los viajeros tenían que usar su traje de nacimiento?

El reseteo de los equipos entre un viaje y el otro se encargaba de toda la materia inorgánica que podría causar una reacción en cadena (la minúscula cantidad raspada de las paredes de la cabina de teletransportación al reinstanciar a alguien), pero la materia orgánica (vómito, orina, materia fecal) que por sí misma no interferiría con la correcta reinstanciación del viajero, no se limpiaba entre salidas o llegadas.

A veces, debido a la previamente mencionada materia orgánica salpicada en las paredes de la cabina, el cartel de ¡Bienvenidos a Uruguay! pegado en la parte de afuera de cada cabina decía algo como ¡Bien g ay! o cualquier variación de lo anterior. Le ponía sal en la herida a los ya irritados viajeros.

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El viaje rutinario del señor Martínez a Buenos aires era una pesadilla. El carcamán seguía insitiendo volar en una vieja chatarra Boeing 747-900-D hipersónico blah blah salteador ionosférico blah blah reminiscente de los garabatos de máquinas voladoras de Leonardo Da Vinci. Pero se salió con la suya. Personalmente lo encontraba divertido al viejo; me encantaban sus historias del Uruguay de antaño, cuando la gente solía hablar con sus vecinos en persona.

El día de su viaje mensual era mi peor día del mes. Era también mi mejor día del mes. En realidad, un día verdaderamente horrible era cuando el Instituto de Teletransportación publicaba sus actualizaciones de software; nuestra infraestructura simplemente no soportaba ese nivel de multi-tarea, multi-reserva, multi-blah-blah que ni nos importaba aprender. De modo que ignoramos las actualizaciones. Como dijo Pepe, vamos a hacerlo a la uruguaya: con el menor incomodo y esfuerzo posibles.

Así que cuando comenzaron a llegar denuncias sobre gente perdiendo sus destinos y aún peor, gente perdida, llamé a Pepe a mi oficina.

“Escuchame muy atentamente, Pepe: tengo a la junta respirándome en la nuca. Han rumoreado que la culpa es mía, de modo que necesito balas para defenderme. Decímelo clarito: ¿esto es por las actualizaciones que nunca instalamos?”

Pepe tomó su mate, chasqueó la lengua como si estuviera pronto para discutir sobre el más profundo significado filosófico del universo, y dijo: “Jefe, estoy seguro que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Más le digo, que al habernos salteado esas actualizaciones llenas de errores, hemos aumentado la seguridad de nuestro telepuerto”.

No capté completamente lo que me quiso decir hasta que leí las noticias la mañana siguiente.

“Decenas de miles de pasajeros no llegaron a sus destinos”, el tabloide El País salpicó en su portada.

“Embajador americano en Francia perdido en el éter. Parece una operación de bandera falsa según expertos rusos”, La República opinó en su popular netcomm.

“El congreso de EEUU prohíbe teletransportarse al presidente, hasta que se haya completado una investigación”, destacó El Observador.

Parecía que no tendríamos problemas y me calmé. Acababa de calentar un termo para mi mate de la mañana, cuando Pepe irrumpió en mi oficina con una cara pálida como de fantasma.

“¡Jefe! ¡Nos están llegando pasajeros fuera de horario! ¡Una cantidad! ¿Qué hacemos?”

Estaba cebando y le erré a la boca del mate; el agua caliente me quemó el muslo. Mis puteadas rápidas y frenéticas fueron interrumpidas por mi netcomm, que empezó a sonar como si estuviera a punto de explotar.

“¡Hola!” contesté.

“¡Jefe Lozano! ¡Le habla el gerente general! ¡Venga al salon de reuniones inmediatamente, pronto para explicar esta catástrofe!”

Mientras me apuraba hacia el salón de reuniones, no me podía quitar de la mente cierta imagen perturbadora: niños recién llegados con sus cabezas pegadas a su trasero. Mi rabia temprana fue reemplazada por miedo. Entré en el salón. Un preocupado gerente general estaba rodeado por su docena de subordinados, todos en sus netcomms, luciendo tan o más ansiosos que nuestro líder temerario.

Esperé ser marchado a alguna prisión-caverna de máxima seguridad en algún lugar cercano a la Antártica. En su lugar, el gerente general dijo, “Jefe Lozano: explíqueme todas estas llegadas inesperadas. Contaduría no tiene registros de las mismas. ¿Han sido abonadas las tarifas de llegada al telepuerto?

Mi corazón comenzó a latir nuevamente. Este bastardo estaba más preocupado por la pérdida de ganancia potencial para el telepuerto que por la gente que se acababa de reinstanciar milagrosamente. Fue tan atrevido como para sugerir—acusar, en realidad—que yo estaba involucrado en alguna maniobra con agencias de viajes truchas. Luego me ordenó paralizar todas las operaciones de teletransportación inmediatamente, o de otra forma debería considerarme despedido.

Creo que dadas las circunstancias, me las arreglé bastante bien. Informé a la junta que iba a llevar a cabo una investigación interna y que tendría pronto un informe en 24 horas. Todos se desconectaron de sus netcomms y sonrisas florecieron en sus caras. Me retiré de allí tan rápido como me fue humanamente posible.

No habían cabezas pegadas a trastes; no habían brazos pegados a cabezas, como cuernos estrafalarios; no habían cuerpos sin cabezas. Gente entera estaba saliendo de los teletransportadores. En manadas.

Estaba a punto de pedirle a Pepe que apagara todo, cuando vi la cara del último pasajero en pasar por aduanas: lo había visto al tipo antes, cuando dió una charla sobre teletransportación siendo el futuro de viajes interestelares y todas esas tonterías: el embajador americano en Francia.

Se veía como si la hubiera pasado mal, como si recién se hubiera levantado tras una noche de borrachera. Su pelo previamente largo y teñido de negro, era ahora blanco y acariciaba ese lugar donde la espalda pierde su honorable nombre. Imposible como parecía—sus átomos rebotando en quién sabe qué dimensión—el tipo había envejecido. Cuánto exactamente, no sabría decir; ¿semanas, meses tal vez?

Seguro como estaba de mi despido inminente, no obedecí la orden de apagar los teletransportadores. Le dije a Pepe que preparara a cada miembro de su equipo para recibir a todos los viajeros perdidos que pudieran, hasta que no se detectaran más padrones.

Luego llamé a los técnicos canadienses.

“Le estoy diciendo, la única razón por la cual esa gente está viva en Montevideo, es porque no instalamos sus actualizaciones llenas de errores. ¿Qué? ¡Ya sé que estamos en violación del contrato, idiota! ¡No me diga eso, burro! ¡Oiga! Es por esa violación del contrato que el embajador del sur de su frontera, y muchos otros, están ahora comiendo asado y tomando Norteña!”

El nerd me colgó. Mejor, porque tenía otras llamadas que hacer. Comenzando por el estimado gerente general, quien me conectó rápidamente con el Intendente de Montevideo quien, tras un ataque de tos repentino, me puso con el Presidente Uruguayo—quien casualmente se encontraba en Washington D.C. en visita oficial a la casa blanca, acompañado de su principal inquilino.

Así que el Presidente de EEUU lo escuchó directamente de mis labios: el Telepuerto Internacional de Carrasco acababa de rescatar a su embajador, junto con otros diez mil pasajeros perdidos.

“Fíjese,”—le dije al tipo—“aquí nunca instalamos actualizaciones. Usamos la versión original del software. No podíamos pagar los módulos extra de memoria para el almacenamiento doble, trans cuántico… Sí, se lo explico clarito: somos el único telepuerto del mundo que usa el viejo firmware, y esa es la razón por la cual pescamos los átomos de los viajeros perdidos en la séptima dimensión. Nuestros equipos los detectaron de casualidad, y nosotros los reinstanciamos.”

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El señor Martínez sale de aduanas bamboléandose, oliendo a las tres grapas que siempre se toma en su vuelo de Buenos Aires. Me sonríe. Sabe que yo sé que él tenía razón sobre todo este asunto de teletransportación. Y sabe que de ahora en adelante, nadie tratará de convencerlo de teletransportarse a Buenos Aires. Nunca.

La teletransportación ha sido prohibida. Solamente diez mil almas afortunadas fueron rescatadas por los equipos obsoletos de Montevideo. Las noventa mil restantes se han perdido para siempre—sus quarks despegados viajando por el universo a velocidades cada vez más vertiginosas, hasta que alcancen el límite absoluto, como nos informan los físicos. Pero eso llevará un trillón de años y nadie está contando.

Así que, otro día en la oficina. No fui promovido ni demovido. Pepe viene a las diez de la mañana, como es usual, para tomar unos mates conmigo. Y una grapa, con propósitos digestivos, tras un buen desayuno. Pero lo noto preocupado, como si hubiera sucedido otra catástrofe.

Me arrastra fuera de la oficina, haciéndome volcar el mate sobre el escritorio. Me pregunto si los equipos teletransportadores no fueron apagados propiamente y si alguna materia entró en contacto con antimateria, y si debería sentirme culpable por no tener pronto mi testamento.

Caminamos hacia la esquina del hangar donde almacenamos los teletransportadores, cubiertos con lonas. Pepe señala la pequeña zona cercada, afuera, donde tenemos las mesas de patio.

Me dice, “¿Cuándo va a autorizar la compra del parrillero que nos prometió?

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Fin.

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