Día frío de verano en el Centenario. Debido a las copiosas lluvias el campo y, sobre todo, la zona técnica, se ha vuelto un verdadero barrial digno de chanchos de la Corona Española.
Los sabios teros residentes, testigos de mil y una batallaa campales por el Apertura, Intermedio, Clausura y algún que otro baile al son del samba de la Celeste, no se animan a salir de sus nidos ocultos. Nadie hasta ahora ha podido ubicarlos, ni siquiera tras haber repasado 80 veces las imágenes de los partidos pasados. Ni JC y el otro tilingo los han podido localizar, tras largas horas de comentarios televisados.

Súbitamente en el barro circundante se forma una suerte de remolino de lavadora automática, como cuando larga el segundo ciclo y el agua se extrae para irse por el caño a un lugar desconocido. De ese vórtice recién nacido se asoma una figura humana de barro puro. Parece el día que el Señor formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de la vida, y fue el hombre un ser viviente. Pero no. En realidad, era el viejo y conocido Maestro Fosilex Óscar Washington Tabárez, eterno director técnico de la selección uruguaya de fútbol. Y no venía solo. Tras él surgía del húmedo humus otro formidable estratega: Fosilex Fossati (LPQTP).

¿Qué venían a discutir en nuestro mundo? Pues ni más ni menos que la primera edición de la gran final galáctica de la Copa Conquistadores de América, a jugarse en el Santiago Bernabéu en Aspaña.

Fosilex Tabárez, con cierta dificultad, se extrae a sí mismo del barro circundante y toma su lugar en el banco de suplentes. Por su parte, Fosilex Fossati, con un poco más de agilidad (pero no mucha más) hace lo mismo. Ambos terminan lado a lado.

Fosilex Fossati saca un paquete de cigarrilos del bolsillo de su saco (que milagrosamente ya no está embarrado), lo enciende con su encendedor seco y dice: “Maestro, ¿qué le parece este asunto de la final de la Copa Libertadores de América a jugarse en la Madre Patria?”

Fosilex Tabárez lo mira como vaca que ve pasar el tren y dice: “M’ijo, no se merece que le conteste. Pero como soy maestro y mi deber es preparar a la juventud para los desafíos futuros, haré el esfuerzo. Cavani seguirá jugando toda la cancha, haciendo de defensa, enganche en el medio, y receptor de sus propios centros. ¿Me entiende? No sé como puedo ser más claro que eso.”

Fosilex Fossati se atraganta con el humo. Cosa rara, ya que él es igual o menos corpóreo (es un fantasma, vió) y le empiezan a llorar los ojos. Lágrimas fantasmagóricas que no llegan a tocar el suelo embarrado, pero lágrimas al fin. Y alguna que otra palabra soez. “Maestro, a lo que yo me refería es que no me parece bien que la final se juegue en el viejo continente.” Intentanto hacerse el gracioso ahora: “O deberíamos cambiarle el nombre a Copa Conquistadores de América.”

Fosilex Tabárez lo mira como águila a punto de manotear un conejo desafortunado pastando en la pradera y, con un hilillo de saliva que se le escapa por la comisura del labio, responde: “A usted lo sigue puteando un tal Toronto, en cuanto foro encuentra, por aquella animalada de meter un jugador sin actividad por medio año en un partido clave de la Sudamericana. Parece que no aprendió nada desde esos tiempos.”

Fosilex Fossati se enerva, inhala y exhala aire frío y vaporoso como rinoceronte en celo, enciende otro cigarrillo con su mirada y retruca: “Ese Toronto maula de quien me habla ya caci-que lo tengo identificado. No va a durar mucho. En realidad, creo que ya renunció a su club. Pero ya que usted sabe tanto, dígame qué se siente estar tan cerca de una final del mundo y desperdiciarla. Si a Cavani lo hubiera dosificado como alguien normal y no un fantasma como usted, el muchacho hubiera llegado en buenas condiciones para el partido contra Francia. Si al manos de molusco Muslera lo hubiera cambiado por Campaña, ese gol tonto no se lo hacían. Y finalmente, si usted no fuera tan fantasma, tendríamos la quinta en las vidrieras de la AUF.”

Fosilex Tabárez no estaba preparado para un ataque tan virulento. Sus murallas fueron derribadas como la Fortaleza del Cerro cuando invadieron los marcianos. Apenas atinó a sacar el contrato de la AUF de un bolsillo y refregárselo por la nariz a Fosilex Fossati. Viendo que no causó el efecto deseado, comenzó a girar como trompo atómico sobre el barro del Centenario, cavando un agujero digno del Matrix 3 (cuando los malvados robots excavadores taladraban túneles hasta llegar al refugio de los humanos), y se desapareció por él como por arte de magia.

Fosilex Fossati, contento de ganar esta parada, se llenó los pulmones con el aire húmedo de la victoria, pero al final decidió aprovechar el túnel del Maestro y se tiró de boca.

Vencedor: Fosilex Fossati.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *