Lleno de coraje como es usual, decidí finalmente, tras año y medio de que me extrajeran la última muela de abajo a la izquierda (como referencia, mi izquierda), hacerme un implante dental. Aunque yo soy muy valiente, siempre me asusté un poco del dentista taladrándome un agujero en el hueso para meter un tornillo de titanio. Pero amigos y conocidos me aseguraron que no se siente nada…

Bueno, me decidí qué ostias, ya que yo soy muy valiente y aguantador.

Fue el lunes de noche, después del trabajo. Un dentista de Croacia, especializado en cirugía, que conocemos hace quince años. Un bocho el loco, da clases en la universidad de Toronto y también en la de Zagreb, su ciudad natal en Croacia. Así que todo un lujo disponer de los servicios de este genio.

“Doctor, me hace el favor y me encaja anestesia como para un caballo,” le dije antes de que comenzara. “Aunque parezco un pollo condenado, quiero que me de anestesia para caballo.”

Se entró a cagar de la risa pero me dió como tres dosis así yo no le rompía las pelotas.

Mientras la anestesia surtía efecto, nos pusimos a hablar de política y de fútbol. Los dos estábamos de acuerdo que la final de Rusia 2018 debió haber sido Uruguay – Croacia. De todas formas, lo felicité por haber llegado tan lejos y sobre todo haberlos garchado a los ingleses.

Bueno, le dije que ya tenía la boca como Jean Chrétien o Rocky Balboa, y llegó la hora de la verdad. Con su asistente me ataron a la silla y me vendaron los ojos. No realmente, pero tal vez deberían haberlo hecho. El loco dijo: “Vamos a comenzar este asunto.”

Agarró un gancho que parecía algo que usarían en un frigorífico para colgar una media res (lo tenía muy cerca de mis ojos, vean) y “pinchó” la encía con esa herramienta de alta tecnología. Inmediatamente sentí un chorro salpicarme la lengua. Con mi imaginación volante supuse que era mi propia sangre, brotando alegremente como manantial de primavera.

Luego agarró otra herramienta de la edad de bronce y empezó a rasquetear el hueso. Sí, el hueso. No me dolía, pero escuchaba el shiqui-shiqui del raspado. La puta que te parió croata hijo de puta.

Pidió un bisturí. Cuando cruzó sus manos enguantadas por encima de mi cara, ví que se habían vuelto totalmente rojas, chorreando mi sangre de vuelta a la fuente, mi boca. Con el bisturí empezó a ir y venir sobre mi pobre encía, creo que escarbando  la cruz o la estrella de David. Mientras, la asistente chupaba con un tubito transparente inicialmente, pero que a estas alturas, se había vuelto rojo.

Allá a las cansadas, satisfecho que había removido suficiente carne alrededor del hueso, el loco pidió el taladro. Sí el taladro. Me encomendé al dios Baco. Estaba a punto de enfrentar, metal a hueso, mis más profundos temores.

Sin mucha parsimonia, me perforó como si mi mandíbula fuera manteca y el taladro un cuchillo caliente. Chim, pum, fuera. No sentí ningún dolor, solamente profundo cagazo. Luego intentó calzar el implante (o sea, la “raíz”artificial, donde luego irá el diente mismo). No pudo meterlo hasta el fondo.Otra vez con el taladro, agrandando el agujerito. Tres veces más, hasta que logró deslizarlo hasta el fondo.

Luego agarró una herramienta como las que se usan para aflojar las tuercas de la rueda de un auto, esas que hacen “criqui-criqui-criqui” y ajustó lo que fuera que me había insertado en el hueso. La mandíbula parecía que se me iba a dislocar. En un momento el loco apoyó su rodilla sobre mi pecho para tener mejor balance. Bueno, no tanto, pero podría haberlo hecho si hubiera querido.

Tras 45 minutos de operación, tapó el asunto con un disquito de metal y declaró: “Hemos terminado.”

Le pregunté: “¿Dónde conseguiste esa llave, hijo de puta? ¿En Canadian Tire?” (una tienda muy famosa para accesorios automotrices, entre otras cosas)

“Sí, tengo otras dos,” me dijo entre risas.

“La verdad que no me dolió nada,” le dije, sorprendido.

“¿Querés que te haga doler?”

“No, gracias, faltaba más.”

Y bueno, me quedé un rato hablando boludeces de inteligencia artificial y de películas viejas como “The Marathon Man” con Dustin Hoffman, cuando un viejo dentista Nazi lo tortura y otras cosas lindas por el estilo. Parece que esa película es obligatoria de mirar para todos los dentistas.

Volví a casa loco de la vida, de qué pavada había sido el implante. Claro, tengo que esperar dos meses ahora para que se cure bien el hueso y la encía. Luego volveré para que me instale el diente artificial, apoyado sobre el implante de titanio que hay dentro del hueso.

Para el martes y miércoles ya había avisado en el trabajo que no iría, que me tenía que recuperar. Así que como me sentía tan bien, me preparé para una fiesta en el hotel donde mi mujer tenía una conferencia de su compañía, con 500 personas de todo el país, en Toronto. Una semana de joda para mí, solito en el hotel, chupando cuanta cosa encontrara y ordenando servicio al cuarto.

Martes: llevé a mi mujer al hotel tempranito y luego anduve haciendo mandados todo el día (comprando chupe entre otras cosas) hasta que al final me aparecí en el hotel de tardecita. Pura farra y fiesta y cosas espirituales por el estilo.

Miércoles de mañana: mientras mi jermu estaba ocupada con sus colegas en la conferencia pelotuda esa, decidí salir a pasearme por la zona, ya que hace muchos años yo había trabajado en una compañía a pocas cuadras de allí y quería ver si algo había cambiado. Caminando, caminando, había bastante frío y de repente empecé a sentir un dolorcito en la zona del implante. No le presté mucha atención, aunque me enojé conmigo mismo por no haber tomado los analgésicos que me recomendó el doctor, antes de salir del hotel.

Miércoles de tarde: me tomé varias pastillas porque la verdad que el dolorcito no se iba, más bien que estaba madurando a dolor adulto. Vino mi mujer al cuarto, entre reunión y reunión. Le conté que me estaba empezando a doler bastante. No me dejaba tomar muchas pastillas, mi jermu. Me puse a jugar en la compu, al juego Doom que me había pasado mi hermano (de garrón) el año nuevo.

Miércoles de nochecita: los demonios en Doom, que estaba masacrando con el BFG, sufrían menos que yo con el implante de mierda ese. Fossati la puta que te parió. Meta pastilla tras pastilla. Por una hora se iba el dolor, pero luego volvía con la sangre en el ojo, a vengarse, por no haber podido torturarme durante esa hora entera. Pero las pastillas (Tylenol 500mg y Advil 200mg) solamente podía tomarlas cada cuatro horas (a no ser que quisiera despedirme del hígado) lo cual me dejaba unas tres horas de sufrimiento virgen.

Miércoles de noche: pucheriando en la cama como hincha de Nacional al final del clásico, le pedí a mi jermu que lo llamara al dentista. No aguantaba más el dolor, era como una carie recontra podrida hace una semana. Era como un shock eléctrico, sostenido, en el hueso. Era como un taladro Black & Decker instalándome un taco en la mandíbula, para colgar una obra de arte.

El dentista me dijo que le pasara el número de teléfono de la farmacia más cercana, que el llamaba y me dejaba receta para antibióticos, que podría ser el comienzo de una infección.

Fui a la farmacia y compré los antibióticos (Amoxicillin 500mg). Y seguí con  las pastillas que me recomendó (que se compran en cualquier farmacia, sin receta médica).

Miércoles de noche, Jueves de madrugada: la peor noche de mi vida. Para peor, mi mujer es de sueño liviano y se despertaba cada vez que yo desenroscaba la tapita de las pastillas para tomarme un par (creo yo que cada media hora), porque el dolor era insoportable y no podía dormir. Tampoco podía respirar y a esas alturas temía por mi mismísima existencia.

Jueves de mañana: El dentista me había dicho que lo llamara inmediatamente si había algún cambio. Lo llamé como 5 veces más. Tanto le rompí las pelotas que me dijo bueno vení al consultorio, te voy a revisar de vuelta.

Jueves de tarde: al consultorio marché como alma que lleva el diablo. Me miró, me toqueteó la zona, la golpeó, empujó, etc. Ningún dolor. La cosa era abajo de todo. Dijo que sospechaba que se había acumulado líquido, sangre probablemente, entre el implante y el nervio, y por eso era el dolor. Que había que dejar trabajar al antibiótico. Pero mientras me prescribió Tylenol 3 con codeína, un narcótico (opioide). Rajé a comprarlo (me pidieron identificación, porque es una sustancia muy controlada) y me tomé uno ahí mismo no bien me dieron el paquetito de 16.

Jueves de nochecita: ya de vuelta en el hotel, me dolía más que antes. ¿Qué carajo hablaban tanto de este Tylenol 3 con codeína, opioide terraja de mierda, que no me hacía nada? Me tomé otro. No sabía si llorar, gritar, matarme, cortarme la japi, o ponerme a leer la biblia o el nuevo testamento que estaban en un cajón de la mesita de luz del cuarto. De repente, entre mis pensamientos autodestructivos, algo sucedió; como si hubieran apretado un botón, o cerrado (o abierto) una llave: el dolor desapareció por completo. Fue uno de los momentos más felices de mi vida y, le agrego si me apura usted, entre los top 10 (sin exagerar).

Jueves de noche: entró mi mujer al cuarto y comentó que me veía mucho mejor. Con cara de mongólico, pero feliz. Pude dormir esa noche. Claro, tomando cada cuatro horas uno de estos opioides tan benéficos y amigables.

Viernes: otra historia fue con este Tylenol 3. Me vino algún dolor, pero el dentista me dijo que entre dosis del narcótico tomara Advil 200 mg para irla llevando. Y así fue.

Sábado: ya de vuelta en casa, tomé solamente dos opioides, y casi no me dolió. Eso sí, me tiraron abajo. Quedé hecho una piltrafa, durmiendo siesta en el sillón del living.

Sábado de noche: tomé el último opioide antes de acostarme (aunque me quedan como 8 todavía).

Domingo (hoy): no pienso tomar ni uno. Si viene alguna molestia, tan solo algún que otro Advil.

Así que esta ha sido mi experiencia con el famoso implante dental. Los dos primeros días andaba lo más campante porque seguía el efecto de la anestesia para caballo que me había dado el dentista. Pasado el efecto, vino la tortura.

Mi mujer dice que soy flor de mariquita que no aguanto nada, que los hombres no soportamos ningún dolorcito de morondanga.

Y bue… Sea lo que sea, la moraleja es: si te vas a hacer un implante dental, asegurate que no te retirás del consultorio sin prescripción para Tylenol 3 con codeína, opioide narcótico controlado y la madre virgen. Carajo.

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