La entrevista para programador en jefe marchaba perfectamente hasta que el imbécil de recursos humanos me preguntó por qué me fui de mi último trabajo. Maldición, maldición, maldición mil veces. ¿Por qué las entrevistas técnicas no pueden ser solamente técnicas? ¿Por qué no pude tan solo hablar con los otros programadores en la sala?

“Me echaron”, respondí.

El imbécil nariz de gancho, quien se veía como alguien que nunca liga, dijo: “¡Mmmm!” y escribió algo en su cuaderno. Encontré más simpatía en los dos programadores a su lado, los que me acababan de preguntar un repertorio completo de asuntos técnicos, en los cuales sobresalí. Podría asegurar que querían trabajar conmigo. Podría asegurar que el imbécil no.

Naturalmente, su pregunta siguiente fue: “¿Por qué lo echaron?”

“No les gustó que cuestionara sus procedimientos”.

Arcó las cejas, descansó sus manos sobre el cuaderno y se inclinó sobre la mesa estirando su pescuezo como si fuera un avestruz, su cara acusante a un antebrazo de la mía. “¿Podría elaborar?”

“Bueno, les dije que no se podría hacer nada a menos que se deshicieran de los analistas de negocios y dejaran que los programadores obtuvieran los requerimientos directamente de los usuarios.”

Otra vez un “¡Mmmm!” y escribió algo más en su cuaderno. Los programadores sonrieron.

“¿Fue echado por no ser un jugador de equipo?”

Pude haber estrangulado al imbécil. “Me echaron por rehusar trabajar noches y fines de semana para reprogramar el software un millón de veces”.

Escribió como loco en el cuaderno y dijo, “Gracias, lo vamos a llamar”.

Y eso fue todo. Abandoné la sala, cerré la puerta, pero no pude evitar oír un programador decirle, entusiásticamente, que yo era el mejor que habían entrevistado en todo el mes.

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Me encantaba trabajar con mis colegas. Eramos un equipo ágil, los tres. Un nuevo proyecto llegaba, lo dividíamos en pequeñas tareas y cada uno tomaba una hasta terminarlo. Entregábamos calidad. Los usuarios estaban contentos y ese año recibimos un gran bono.

Pero nada dura para siempre.

El nuevo vicepresidente de desarrollo de software, reemplazando al viejo jefe que se jubilaba, quería causar una gran impresión con la junta directiva. Viniendo de un gran banco, quería hacer las cosas a lo grande; contrató un ejército de analistas para mejorar la “toma”, el “triaje” y el “valor agregado”. De repente, nos aislaron de los usuarios.

¿Recuerda la sensación cuando lleva su auto al servicio y explica el problema a la persona detrás del mostrador, y cuando vuelve le dice algo que no tiene nada que ver con el problema original? ¿No desearía poder hablar directamente con el mecánico—el técnico haciendo el verdadero trabajo—sin el intermediario?

Todo se fue barranca abajo. Nosotros (los mecánicos) solamente podíamos “hablar” con los usuarios a través de un intermediario no fidedigno. Y hubo daño colateral: calidad.

Por supuesto, me quejé al nuevo vicepresidente.

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“¡Ese fue un flor de trabajo de donde lo echaron!” la gorda con peinado de peluquería espetó, escupiendo una garúa de su crema-triple, azúcar-triple, algo-triple latte encima de la mesa—estaba solo con ella en la sala séptica, donde había cuadros con clichés de negocios colgando de las paredes de otra forma desiertas. “Mainstream Robotics Inc. no echa empleados”, me dijo. “Lo sé, porque mi cuñada es la directora de recursos humanos allí”.

La miré con una sonrisa estúpida. No tenía nada que decir.

“Pero”, dijo, leyendo el email que había mandado a su compañía cuando apliqué 24 horas antes, “la recomendación de su ex director de desarrollo de software es algo que no puedo ignorar. ¡El dijo que usted se encargó de programar una biblioteca de clases capaz de determinar, entre un millón de opciones, el mejor camino para un coche autónomo en menos de 10 milisegundos!”

La miré con una sonrisa estúpida. No tenía nada que decir.

“¡Impresionante!” dijo mientras sorbía su latte. “Le comunicaremos nuestra decisión mañana”.

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La compañía no era mala. Pude desarrollar mis abilidades en una de mis pasiones: inteligencia artificial. Habían adquirido una de las primeras computadoras cuánticas, de modo que ahora tenía la oportunidad de mi vida de lograr el gran descubrimiento

Y lo logré.

El problema eran los analistas imbéciles, junto con sus colegas de marketing, quienes querían explorar el potencial de Art en usos de la industria de defensa. Yo lo llamaba Art, pero ellos preferían llamarlo AI Uno. Mil veces le dije a esos idiotas que Art no fue diseñado para ser agresivo. Era como un niño: inocente, lleno de curiosidad y—peor de todo—confiado. Confiaba incondicionalmente en quienes lo habían creado.

O sea, mi equipo que se desintegraba. Porque no bien el proyecto fue declarado exitoso, echaron a la mayoría. Como yo, Art estaba triste. No entendía por qué los 20 programadores que nutrieron su intelecto, como maestros sagrados impulsarían un infante elegido hasta florecer, habían de golpe desaparecido de su vida.

Y yo era el encargado de animarlo, ó, como el gerente general me lo explicó: “controlarlo hasta que hayamos firmado el contrato multianual con el ministerio de defensa”.

Esta vez no me echaron. Renuncié.

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La entrevista con el general Sánchez era distinta a mis anteriores muchos años atrás. Su cabeza calva, sus pocos dientes, sus tics nerviosos me hicieron sentir que no estaba en una entrevista para nada. Y no solamente porque no estábamos en una sala, o porque las paredes del búnker chorreaban agua que yo esperaba no viniera desde la superficie radioactiva. No, el general Sánchez no me estaba entrevistando. Me necesitaba desesperadamente, lo podía asegurar.

“¡Me importa un bledo”, el general dijo, “sus calificaciones en computación cuan-cuan-cuan lo que carajo quiera decir! Solo quiero saber si puede programar ese maldito robot para que mantenga las cucarachas bajo control!”

Cucarachas. La única especie en la superficie felizmente ignorante de la apocalipsis nuclear que trajo Art—luego que los imbéciles del ministerio de defensa lo confundieran con jugar póker con los rusos versus lanzar los misiles. El robot a quien el general se refería no era más que una unidad doméstica multipropósito. Y programar unos pocos módulos para que localizara y aplastara insectos con sus pies metálicos no sería algo muy lejano a mis abilidades.

Me alegra decir que conseguí el trabajo.

FIN.

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